
Descomponiendo nuestras emociones
Como sabes, las emociones no son solamente aquello que sentimos, sino que provocan una reacción en cadena en nuestro organismo y en nuestra conducta.
Como te imaginarás, ser consciente de nuestra reacción ante una emoción, nos ayudará a ponerle nombre y a gestionarla. Conocer el impacto que tienen las diferentes emociones en nuestro cuerpo y en nuestra forma de comportarnos, nos aportará información de valor sobre nuestra personalidad y nos ayudará también a identificar la mejor forma de gestionar lo que sentimos. Como afirma el autor Jorge Bucay:
“No somos responsable de nuestras emociones, pero sí de lo que hacemos con ellas”.
Además de los tres componentes que acabamos de describir, me gustaría añadir un cuarto que quizás te ayude a ver más clara la emoción que sientes o si estás actuando bajo el “secuestro emocional” de tu cerebro.
El secuestro emocional El secuestro emocional se genera en la amígdala, que como sabes es una estructura con forma de almendra que se encuentra en el sistema límbico, en el que se procesan las emociones. Es una de las partes más importantes de nuestro cerebro emocional, ya que es la encargada del procesamiento y almacenamiento de las reacciones emocionales básicas (aprendizaje + memoria), relacionadas sobre todo con la supervivencia. Podríamos decir que la amígdala es nuestro “Pepito Grillo” que se encarga de protegernos y nos ayuda a evitar el peligro y las amenazas.
Así, nuestra amígdala examina constantemente el entorno en el que nos encontramos y se realiza preguntas como: ¿Me hará daño esto?, ¿Puede hacerme sufrir?, ¿Lo he temido desde siempre? ¿Me ha amenazado algo así antes?
Si las respuestas a estas preguntas son afirmativas, nuestro sistema nervioso da la señal de alarma en nuestro organismo, postergándose las funciones más irrelevantes y ejecutándose aquellas que permitan defendernos la amenaza.
Se comenzarán a segregar las hormonas necesarias para huir o luchar, se acelerará el pulso, se reducirá el campo visual, se alterará la circulación y también el pensamiento para concentrarse en el peligro.
Así, las funciones del neocórtex (nuestro cerebro racional) pasan a un segundo plano por unos instantes y nos volvemos mucho más instintivos. La amígdala declara un estado de guerra en nuestro cerebro con el que pelearemos por nuestra supervivencia emocional, la que podemos igualar en relevancia con la supervivencia física.
¿Por qué se produce el secuestro emocional? Quizá una de sus razones principales sea de carácter evolutivo, refiriéndonos a la supervivencia. Nuestros antepasados sufrían estos secuestros emocionales cuando por ejemplo se encontraban ante grandes depredadores, haciéndoles huir o atacar para eliminar la sensación de peligro.
Pero en la actualidad, este proceso se ha quedado un poco anticuado, y produce en nosotros resultados no tan deseados. Ya que en las relaciones humanas, una emoción cuánto más rápida, más inexacta y basta se vuelve.
Nuestra parte emocional nos prepara para respuestas automáticas que antes tenían la característica de ser vitales, pero que ahora no resultan ser siempre tan positivas. Esto podemos experimentarlo en las discusiones de pareja o en discusiones con nuestros amigos o familiares.
En estas situaciones, cuando se está produciendo el secuestro emocional, toda nuestra atención se encuentra dirigida a dar una respuesta a la emoción, impidiéndonos llevar a cabo procesos de racionalización de la situación que vivimos.
Y es quizás por esta razón, que nuestras respuestas no se corresponden con lo que esperamos de nosotros, una vez que pasada la tormenta, somos capaces de analizarlo.
El cuarto elemento de las emociones Es aquí donde quiero que te detengas un segundo más cuando analices tus emociones para hacerte las siguientes preguntas: ¿Qué impulso a la acción me genera esta emoción? ¿Tengo ganas de huir? ¿Me suele hacer perder los papeles? ¿Qué tengo ganas de hacer cuando esa emoción me invade?
Recuerda los 4 componentes que hemos visto de las emociones:
Ahora que conoces estas cuatro piezas clave de las emociones, te invito a realizar el ejercicio de esta lección con las emociones que consideres que te son más difíciles de gestionar.
Si no se te ocurren demasiadas, puedes tratar de hacerlo con tres emociones que consideres agradables (un calificativo más apropiado para las comúnmente llamadas emociones positivas) y otras tres emociones que para ti resulten más desagradables (o “negativas”).
Rafael Bisquerra nos habla en esta conferencia de la importancia de la educación emocional para la convivencia y el bienestar tanto de la sociedad y como del individuo. ¡No te la pierdas!
¿Qué es la Inteligencia Emocional?
Si estás realizando este curso es muy probable que ya estés familiarizado con el término de Inteligencia Emocional. Es probable, incluso, que hayas leído algo al respecto o realizado alguna formación sobre esta temática.
De todas formas, por si este no es tu caso o si necesitas refrescarte la memoria, vamos a dar algunas pequeñas pinceladas sobre qué es la Inteligencia Emocional y, sobre todo, por qué es interesante que como padre o educador tengas conocimientos sobre la gestión de las emociones.
El término Inteligencia Emocional fue utilizado por primera vez por Salovey y Mayer en el año 1990 para referirse a 3 la suma de tres habilidades:
La inteligencia emocional es, por tanto, la capacidad que todos tenemos o podemos desarrollar para manejar de forma eficaz las emociones y generar, a partir de ellas, motivaciones beneficiosas para la persona.
Este tipo de inteligencia puede (y debe) aplicarse en todas las facetas de nuestra vida cotidiana y a medida que vayas desarrollando sus diferentes áreas verás que ser emocionalmente inteligente resulta muy beneficioso en multitud de situaciones.
Poco a poco te adaptarás mejor a los problemas del día a día, tendrás más claras tus metas e irás desarrollando herramientas que te permitan prevenir, en la medida de lo posible, el “secuestro emocional” de las emociones “negativas” y cómo adoptar una actitud positiva ante la vida. De esta forma podrás afrontar mucho mejor los retos y objetivos que te propongas, además de potenciar tu bienestar personal y social.
3.1. Motivación y autoestima: las claves del éxito
¿Dónde reside la diferencia entre las personas de éxito y las que no logran alcanzar sus metas? Muchas veces miramos a aquellos a quienes admiramos y pensamos que tienen cualidades de las que nosotros carecemos.
¿Qué tienen en común un escritor que ha vendido millones de copias de sus obras y se dedica a escribir e inspirarse dando la vuelta al mundo, una alocada emprendedora que se ha hecho de oro con su empresa montada en internet en sólo un mes y un ejecutivo que decidió dejarlo todo para convertirse en una estrella de YouTube? Tienen en común muchos aspectos, pero seguramente ninguno de esos puntos son los que tú te imaginas.
Ninguno de ellos ha estudiado en las mejores universidades del planeta. No han conseguido el éxito gracias a la financiación de una herencia multimillonaria o unos padres pudientes que pagasen sus locas aventuras emprendedoras. Tampoco son superdotados con un cociente intelectual por encima de la media o afortunados a los que la suerte les sonríe. Ni mucho menos disponen de más horas que el resto de los seres humanos para llevar a cabo sus planes.
La pura realidad es que esas personas no son nada diferentes a ti, aunque en este punto puedas pensar lo contrario. Todas ellas son como tú y como yo, pero simplemente han desarrollado una mentalidad y una actitud que tú no has desarrollado... todavía. Sus factores diferenciales son la motivación y la autoestima. Saben exactamente lo que quieren y confían en sus posibilidades para lograrlo.
Entre creer y crear, solo hay una letra de diferencia, pero esa pequeña distinción es la que lo cambia todo. Soñar nos mantiene vivos y nos impulsa a luchar por conseguir nuestras metas. “Solo” hace falta un poquito de coraje y determinación para convertir nuestros sueños en realidad.
Para profundizar en estos aspectos, te recomiendo visualizar el vídeo de esta lección: “¿Te atreves a soñar?"
Existen varios puntos clave que me gustaría destacar en este vídeo. El primero de ellos es que para conseguir nuestros objetivos debemos conseguir que nuestra motivación sea más grande que nuestros miedos. Y para conseguirlo, necesitas creer en ti. “Tú eres el protagonista de tu vida. Todo lo que tú no decidas, lo harán otros por ti”. Es en este punto, donde la motivación intrínseca entra en juego. En la siguiente lección veremos cómo trabajarla.
Tipos de motivación:
La mayoría de autores suelen distinguir entre dos tipos principales de motivación: la intrínseca y la extrínseca. La conducta intrínsecamente motivada tiene como objetivo el interés personal en realizarla.
Tanto en la actualidad como en la educación tradicional es muy habitual enfocar el comportamiento de los niños a la consecución un premio o a evitar un castigo.
Cuando se basa la educación en premios y castigos se está vinculando fuertemente la actividad (física y emocional) del niño a condicionantes externos. De este modo, el niño interioriza que su acción ha de estar regulada por la intervención de agentes diferentes de sí mismo. Así, el niño adopta un papel pasivo en la toma de decisión, la elección, el control de sus propios procesos y de la regulación de sus necesidades, depositando la gestión de las distintas áreas de su desarrollo en manos del adulto.
Además, se orienta la acción del niño a la consecución de un objetivo (premio) o a la evitación de un resultado indeseable (castigo). Sin embargo, la eficacia de los premios y castigos sobre el comportamiento del niño no es permanente. A medida que el niño crece, pierde el interés en los premios y el miedo a los castigos.
En los adultos, tenemos un ejemplo claro con el salario. Hay muchas personas que van a trabajar pensando en el sueldo como única motivación laboral. Pero, ¿son felices? ¿es eso lo que deseamos para nuestros niños? Creo que la respuesta es más que obvia. Una persona que se apasiona por lo que hace, siempre será mucho mejor profesional que aquel al que tan solo lo mueven los intereses externos.
Por eso, conocer cuáles son los motivos que nos guían hacia un objetivo, nos servirá para conocer realmente qué es lo que nos lleva a tomar ciertas decisiones o por qué nos decantamos por una elección y no por otra.
Autoestima:
Retomamos otra frase del vídeo “¿Te atreves a soñar?”, que nos hablaba de cómo conseguir que nuestra motivación fuese mayor que nuestros miedos: “Cree en ti. Al gestionar correctamente tus miedos, crecerá tu autoestima”. Como te imaginarás, sin una buena autoestima, es muy difícil salir de nuestra zona de confort y alcanzar nuestros objetivos.
Y ¿cuál es la mejor forma de aumentar nuestra autoestima? La respuesta es fácil de decir, pero no tanto de llevar a cabo: Alimentando la creencia de que eres capaz de hacer aquello que te propongas. Demostrándote que puedes hacerlo. Así que lo mejor que puedes hacer por tu autoestima es marcarte retos y cumplirlos.
Puedes aplicar exactamente la misma premisa en tu labor como educador. Aunque parezca mentira, no podemos dar autoestima a los niños, ni a través de los halagos ni de ninguna otra forma. La autoestima no se da, ni se recibe. La autoestima es un concepto interno que se desarrolla a través de nuestras vivencias. Por eso, si quieres que tus niños tengan una buena autoestima, mi recomendación es que les proporciones un entorno y unas experiencias en las que puedan desarrollar al máximo sus habilidades.
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Seguro que ya has oído lo importante que es enseñar a tus hijos y alumnos a gestionar sus emociones, ¿verdad? Sin embargo, es muy difícil realizar una buena labor didáctica sin que nosotros, como modelo educativo, hayamos desarrollado una buena base de Inteligencia Emocional.
De la misma forma que nos parece imposible enseñar a un niño a sumar sin que nosotros tengamos interiorizados conceptos como los números, la medida, la cantidad o el orden, no podemos enseñar a los niños a desarrollar su autoestima, su motivación o a gestionar su ira, sin haberlo hecho nosotros antes.
Una vez que hayamos trabajado estos conceptos en nosotros mismos, entonces sí, ha llegado el momento de adentrarnos en los aspectos didácticos de la Inteligencia Emocional y en buscar la mejor forma de transmitir lo aprendido.
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